Confesiones de un investigador sénior

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El sistema de ciencia y tecnología en Colombia tiene como reto principal restituirles la dignidad a los investigadores, lo cual pasa, en buena medida, por financiar en serio su labor. Haciendo esto, comprenderemos mejor lo que hacen y, quizás, orientaremos mejor los procesos formativos de los que hacen parte.

 

Me formé en Psicología, en un programa en el que lo único que no era objeto de estudio era la mente humana, así que antes de llegar a mitad de carrera empecé, al tiempo, a estudiar Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia. De ese modo, empecé mi rehabilitación de aquella primera formación.Como me cuesta dejar las cosas a mitad de camino –más por neurosis que por disciplina-, me gradué de psicólogo y poco después terminé mis estudios en Filosofía. Por esa época, y por un miedo irrefrenable a tener que ganarme la vida haciendo análisis experimental del comportamiento, busqué trabajo como profesor. Promediaba la década de 1990.Luego de unos años de experiencia en el Colegio San Carlos, del cual me quedan más amigos ex-alumnos que profesores, empecé a dictar clases de ética y educación democrática en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Para fines de la década ya había hecho una Maestría en Educación; había realizado un primer ejercicio investigativo, había publicado un par de artículos y estaba preparando mi primer libro, que salió a la luz pública por la editorial Plaza & Janés, a comienzos del 2000, año en que el mundo se iba a acabar. Como se sabe, hubo que transitar algo más que la primera década del siglo XXI esperando, con cierta expectativa, a que las profecías mayas fallaran una vez más.Para los nostálgicos, el mundo se viene acabando desde siempre y no hay manera de recuperar aquellas cosas que habitaron el pasado. Como soy tan impaciente, preferí ocupar mi tiempo en la lectura y de este modo seguí haciendo experiencias de investigación en educación, cometiendo todos los errores que puede cometer un investigador optimista que confía más en los métodos y procedimientos de indagación sistemática que en el buen juicio.Hace ya varios años que me doctoré fuera del país y ahora soy más maduro, que es la forma eufemística por excelencia de decir que uno es más viejo, así que espero estar haciendo las cosas en sentido contrario.Me he interesado por asuntos relacionados con la formación ética y política y he escrito sobre este tema páginas que hoy difícilmente estaría dispuesto a sostener. Otros de mis escritos aún me resultan válidos, pero creo que es cuestión de tiempo, así que no sé cuáles sean mis principales contribuciones al mundo de la academia.Es algo muy difícil de saber; esto habría que preguntárselo a quienes han leído alguno de mis escritos o han tomado alguno de mis cursos. Hay tanta arrogancia en nuestra academia y con ello lo único que se genera en los otros es tedio, cuando no, sincera conmiseración. Yo me esfuerzo por preparar lo que digo, lo que escribo, pero, sinceramente, con el paso del tiempo esas cosas dejan de gustarme. Quiero pensar que eso es lo que renueva mis ganas de estudiar, de buscar nuevas fuentes.

Estoy diciendo todas estas cosas porque fui clasificado como investigador sénior y, según los criterios de Colciencias –que como sabemos no son del todo  razonables–, un investigador que mantiene un alto nivel de producción llega indefectiblemente a esta categoría; pero en la Universidad Pedagógica Nacional hay por lo menos diez o doce colegas que tienen méritos más que suficientes para estar en esa misma clasificación.La diferencia entre ellos y yo, o entre ellos y los tres investigadores de la UPN que fuimos clasificados así es que a ellos les dio pereza o no supieron cómo diligenciar completamente los infernales formatos de la última convocatoria. Los tres –que espero no seamos tildados en voz baja como soberanos lambones– contamos en su momento con el apoyo de personas generosas y pacientes que nos ayudaron a diligenciar dichos formatos. La Universidad Pedagógica Nacional sigue siendo el referente más importante en producción de conocimiento en el campo de la educación y la pedagogía del país, y eso, por supuesto, no deja de ser un gran aliciente para quienes allí trabajamos. Lo digo por los textos que suelo leer de mis colegas.

Me gusta estar al tanto de lo que escriben un número importante de ellos y, a mi juicio, esta comunidad académica no tiene nada que envidiarle a los centros de investigación de Argentina, México, España, en referencia solo a la producción en castellano. Pero claro, es en esos países donde están ubicadas las grandes editoriales en nuestra lengua.A mediados de 2003, cuando cumplía el año de prueba reglamentario para todos los profesores que ganan una plaza mediante un concurso público de méritos, estaba ante una decisión importante: quedarme en esta universidad o irme a la Universidad Distrital, donde acababa de ganarme otro concurso al que me presenté, especialmente motivado por el que me habían robado unos años atrás.

Por esos días me encontré con el colega Guillermo Bustamante en un pasillo del Edificio C, de la UPN quien, sin preámbulos, me “disparó” a quemarropa: “¿Qué le disgustó? ¿Qué tiene aquella Universidad que no tenga esta?”.

La Distrital había sido mi primera universidad en calidad de profesor y por esa época yo vivía a tres cuadras de allí; pero ni una cosa ni la otra valían como justificación. Además, ya me sentía muy cómodo en la UPN, así que decidí quedarme y no me he arrepentido ni un solo día de mi vida, ni siquiera en los peores momentos de las anteriores administraciones.

Moralia es el nombre dado a la suma de fragmentos de un tratado sobre las costumbres de Plutarco, escrito entre el primero y segundo siglo de esta era, y fue el nombre que decidimos para nuestro grupo de investigación, el mismo que fundé con Marieta Quintero en 1999, con la inspiración y complicidad de Guillermo Hoyos, quien nos alentó a presentarnos a las primeras convocatoria de Colciencias.

Nuestro principal mérito ha sido mantener el grupo hasta hoy, con las ganas de no repetirnos o de repetirnos lo menos posible en los trabajos que hacemos. Nada más. Lo otro, que lo juzguen los lectores de nuestros escritos, que deben ser muy pocos, porque la gente en nuestro medio está más dedicada a escribir y a publicar para hacer puntos y mejorar en las clasificaciones de Colciencias, que a leer lo que se produce en nuestro campo, lo cual es absurdo por dos razones: 1) nadie puede escribir algo medianamente interesante o sensato sin leer lo que sus colegas han publicado, y 2) está claro que para conseguir una buena clasificación simplemente hay que hacer lo que cotidianamente hacemos y, eso sí, completar en detalle los insoportables formatos de los que hablé antes.

Lo que más me satisface de mi trabajo es preparar la siguiente clase y tener una buena discusión basada en la juiciosa lectura que mis alumnos hagan de los referentes que les propongo. También me gusta mucho el ritual de presentar un libro, propio o de amigos. Hay tanto detrás de esos momentos y ninguna certidumbre sobre lo que sigue, sobre lo que un lector crítico y apasionado pueda hacer con ello; por eso me gusta cada vez más hacer de estos acontecimientos una verdadera celebración.

El sistema de ciencia y tecnología en Colombia tiene como reto principal restituirles la dignidad a los investigadores, lo cual pasa, en buena medida, por financiar en serio su labor, pero el mismo sistema ha venido creando condiciones para que en ciencias sociales, humanidades y educación investiguemos sin financiación o con una financiación precaria, que es casi lo mismo. Esto es como naturalizar la sentencia: “como investigador soy pobre, pero feliz”. Para quienes sospechamos de cualquier idea de felicidad, pensar ésta en medio de la carencia es ironía pura.

No podemos ser tan ingenuos de pensar que la investigación en educación le permite al país tomar buenas decisiones en materia de política pública. En nuestro contexto las cosas se hacen al revés y mal: se diseña la política pública en educación ya condicionada –muchas veces externamente condicionada– y se convoca a hacer investigación para legitimarla.

Sin embargo, investigar en educación con buenas condiciones institucionales –y quiero creer que en la UPN vamos en esa dirección– nos permite comprender mejor lo que hacemos y, quizás, orientar mejor los procesos formativos de los que hacemos parte. Tengo la tentación de creer que eso es en sí mismo valioso para los maestros que se forman en nuestra universidad y para aquellos que estudian o consultan lo que con tanto esfuerzo allí se produce.

Enlace: http://lasillavacia.com/silla-llena/red-de-la-educacion/historia/confesiones-de-un-investigador-senior-58865

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