Elogio del maestro en tiempos difíciles (2) Las academias tienden a rechazar lo nuevo y sobre todo lo que las contraría.

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Es probable que haya en ellas más profesores que maestros, pero a cambio de eso los maestros acechan por todas partes. Y sólo saben enseñar siempre los que no dejan nunca de aprender. 

Es un error pensar que la temprana juventud es la única edad del aprendizaje: el mundo siempre necesitó una humanidad decidida a aprender cada día, a hacer del aprendizaje no un instrumento para alcanzar metas permanentes, sino un modo de vivir, una garantía de juventud, un método para mantener la salud del espíritu.

Termina nuestra relación con las academias, pero nunca termina nuestra relación con los maestros. Y una de las cosas que estos saben descubrir es quién conoce las cosas desde el comienzo: esos músicos, ingenieros, matemáticos, pintores, esos místicos que ya lo son desde siempre, que sólo necesitan unos cuantos estímulos para que brote el inventor que hay en ellos: el Picasso, el Rimbaud, el Niemeyer, el Chatterton, el Mozart que pugna por salir, que palpita en la punta de los dedos, y que está, como dice un poeta nuestro, “lleno del intenso temblor de la flecha no disparada”.

Claro que nadie necesita tanto estudiar como el que desde el comienzo tiene los talentos y las destrezas, porque un talento y una genialidad son una tempestad a la que hay que saber domar con las magias de Próspero. Nada naufraga más fácil que un barco ebrio. Se necesita mucha contención y mucho equilibrio para que la inteligencia no se pierda en ingenio, para que la destreza no se gaste en desplantes, para que la fantasía no se diluya en artificio.

Los artistas, los filósofos, los deportistas y los monjes zen saben con cuánto rigor se necesita un maestro que también nos enseñe la severidad y los límites, la responsabilidad y la contención. Tal vez Nerón era un gran artista, pero desafortunadamente era también un emperador, y el pobre Séneca, tan buen maestro de sí mismo, no tuvo nada que hacer en ese caso. Aristóteles no lo hizo tan mal, pero Platón supo muy bien que no hay nada más difícil que educar a los príncipes. A esos en general sólo los alecciona el destino.

El arte del maestro está en descubrir los dones, revelar los talentos, alentar las vocaciones, orientar las búsquedas, estimular la curiosidad, cultivar la destreza, hacer visible la tradición, alimentar la memoria, descubrir espacios para la aplicación de las fuerzas, los talentos y los inventos.

Después de estos siglos desdichados de horrible sociedad de consumo, será vital para el mundo convertirnos en sociedades de creación, donde lo importante no sea qué compramos y qué consumimos sino qué sabemos hacer, qué ejercicios de la vida, de la invención, del pensamiento y de la convivencia son nuestra pasión y nuestro deleite. Para ello será fundamental superar la idea de la educación como un medio para alcanzar otra cosa. Aprender tiene que ser algo apasionante que valga por sí mismo. Puede servir para otra cosa, para muchos fines prácticos, pero tiene que ser en principio algo que nos deleite, que nos haga sentirnos contentos de lo que somos y de lo que hacemos.

No creo en una educación enemiga del gozo, de la íntima satisfacción de lo que se hace. Aprender no puede ser una contrariedad aunque sí tiene que ser un esfuerzo, a menudo muy arduo. Precisamente por eso es preciso descubrir y orientar las vocaciones pues sólo si una disciplina, una ciencia, un lenguaje, vale mucho para nosotros, nos excita y nos apasiona, estaremos dispuestos a los esfuerzos y sacrificios que hay que afrontar para vivirlo con plenitud.

No hablo de excelencia, ni de mediciones exteriores a los hechos mismos: hablo de la verdad de una búsqueda, de la embriaguez de una pasión, de la perseverancia, de la disciplina, de la firmeza de unos principios y de la nobleza de unas justificaciones. Pero allí surgen nuevos desafíos y responsabilidades para la noción de maestro que estamos intentando entrever.

Pienso por ejemplo en la responsabilidad con que Tomás de Aquino intentó abarcar la totalidad de la doctrina cristiana, sus verdades y ritos, sus leyendas y dogmas, en el esfuerzo por darles una argumentación racional. Y quiero expresar una paradoja. Tomás creía que su fin era fortalecer la doctrina cristiana y que sus medios eran los instrumentos de la lógica que había modelado Aristóteles.

Tomás tenía, se dice, una intención noble y patética: ayudarle a la gente a entender lógicamente las verdades de la iglesia, para que no cayeran por error en la herejía y para que pudieran defenderse de la atroz inquisición y de sus horribles tormentos. Sabemos que estaba encerrado, como todos los demás, en los horizontes de su época, atrapado en los límites de un orden mental supersticioso y siniestro. Pero era tan profunda su confianza en la lógica, que aplicó esos instrumentos luminosos de la vieja Grecia a los túneles góticos del dogmatismo medieval, y sin darse cuenta le rompió las costillas al dogma.

Esa labor heroica en beneficio de la razón no se la hemos agradecido todavía. Ella no destruyó a la iglesia pero sí destruyó a la Inquisición. Los que parecían los medios, en manos de Tomás terminaron siendo los fines; lo que se abrió camino en su obra no fue la doctrina de la iglesia, a la que Borges pudo ver como un deslumbrante ejercicio de literatura fantástica, a lo que le abrió camino fue a la lógica, al naturalismo, al respeto por la razón, al racionalismo y a muchas grandes conquistas de la modernidad.

Lo que triunfó en sus manos fueron los medios que utilizaba y no los fines que perseguía. Pero hubo un momento en que aquel hombre bueno, demasiado inteligente para una edad de dogmas crueles, y demasiado humano para un andamiaje de tormentos divinos, estuvo muy solo, activo, reflexivo, persistente, sosteniendo su convicción de que el poder de argumentar valía más que las hogueras y que los ejércitos.

Esa es la historia de un hombre que cambia la historia sin proponérselo, sólo por serles fiel a unas convicciones, a la oscura certeza de que un mundo que no piensa está atrapado en una cripta mortal.

Enlace: http://www.elespectador.com/opinion/elogio-del-maestro-tiempos-dificiles-2

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