Edición N° 57

Perfil del profesor Eduardo Umaña Luna

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«Los innumerables análisis sobre las estructuras sociopolíticas colombianas, algunos temas jurídicos y su infatigable carrera como maestro, han convertido a Eduardo Umaña Luna en uno de los intelectuales y humanistas más importantes del país. Sus disertaciones magistrales sobre Derechos Humanos han dejado una marca indeleble en la academia colombiana»

Nacido en 1931 en Bogotá, Eduardo Umaña Luna enfrentó una infancia marcada por el abandono, la soledad y la tristeza. Desde cuando era un niño que deambulaba por las calles -escapando de los colegios donde la educación se impartía a golpes - y dormía solo en cuartos de alquiler, vivió en carne propia los efectos de la violencia, la desigualdad y la injusticia que han definido durante siglos las estructuras sociales de nuestro país. Una época que recuerda marcada por el desorden.

«No era propiamente un gamín...no sé cuál sería mi posición social ante el mundo desde un punto de vista sociológico. Yo tenía todo pero no tenía nada. No tenía padre pero era el hijo de un hombre notable que terminó dominando al Senado de la República. Tenía una casa pero no tenía casa. Tenía familia sin tener familia. Para mí hubiera sido mejor ser un gamín de los comunes y corrientes, que no poseen nada y que, por esa misma circunstancia, tienen una definición ante la vida. Mi vida era la indefinición total, la indecisión, la ambigüedad».

Las difíciles circunstancias de su niñez y adolescencia repercutieron radicalmente en su visión de las contradicciones de nuestra sociedad y del ser humano. A partir de sus vivencias se fueron perfilando los principales temas de su obra jurídica y sociológica, aun sin intuir planteamiento alguno del derecho, la lucha de clases o las relaciones de poder. También fue consolidando su característica vehemencia para defender la dignidad humana, la libertad y la conciencia individual.

Duda metódica

El paso del caos al orden ocurrió cuando la abuela, quien se hacía cargo de su crianza, logró que lo recibieran en la Academia Militar del Instituto Politécnico de Bogotá. Durante la estadía en ese lugar, sin entender muy bien el por qué, se dio cuenta de que su camino sería el de la actividad intelectual. «Nadie me lo dijo, nadie me hizo una observación o me ofreció un estímulo o un castigo, deduje que mi futuro estaba en el estudio».

Había decidido hacer su propia vida y, cuando terminó el bachillerato en otro colegio diferente, ingresó a la Universidad Nacional de Colombia. Se matriculó primero en la carrera de ingeniería, pero al año se dio cuenta de que no era lo suyo. Se cambió entonces al Instituto de Ciencias Económicas de la Facultad de Derecho que recién se había inaugurado y donde las clases de Antonio García, por ejemplo, le impresionaron especialmente.

Hacia 1948 el estudiantado se dividió debido a problemas ideológicos. «Los de la aparente izquierda nos fuimos a otras universidades». Siguió la carrera de derecho en la Universidad Externado de Colombia, al tiempo que trabajaba como locutor de noticias en la Radio Nacional. Para ese entonces ya llevaba dos años de casado con Chely, con quien ha compartido toda su vida.

Al poco tiempo lo removieron de ese cargo y fue nombrado como secretario del poeta Eduardo Carranza en la Biblioteca Nacional, puesto que ocupó durante cinco años y donde estuvo cerca de intelectuales como Rafael Maya, Luis Vidales, Arnoldo Palacios y León de Greiff. Pese a haber ascendido a subdirector, quiso ejercer su profesión y renunció. «Era para mí el ambiente ideal, pero cometí el error de buscar contactos para ser abogado».

De maestros como Darío Echandía, Gerardo Molina o Ricardo Hinestrosa, recuerda que «eran buenos orientadores o desorientadores, porque a veces uno forma mejor desorientando que orientando. Desde entonces soy amigo de la paradoja, del contraste. No considero que haya verdades: hay dudas. Uno es dubitativo, esa es su esencia». Por eso, nunca dejó de cuestionar su origen ni la razón de ser de los métodos y prácticas del derecho.

Testimonio enfático
Con su tesis sobre el «Memorial de Agravios» de Camilo Torres Tenorio comenzó, en 1952, una larga carrera que hoy supera los 30 libros publicados, el más reciente de 2003: Camilo y el nuevo humanismo. Paz con justicia social. «Sé que muchos de ellos no le merecen a los comentaristas de prensa ni un solo artículo, y que muchas veces pasan inadvertidos en la universidad, pero persisto porque considero que para mí es importante dejar un testimonio claro y enfático de lo que fueron mis ideas, mi trabajo, mi vida».

En obras ya clásicas como La violencia en Colombia de 1962 (coautoría con Orlando Fals Borda y Germán Guzmán Campos) o La familia en la estructura político-jurídica colombiana de 1973, propuso «una rebelión contra el viejo país». Luego vinieron los libros escritos entre 1974 y 1982, que giran en torno a su cátedra de Derechos Humanos y que señalan su cercanía al marxismo y al pensamiento liberal.

Entre 1982 y 1991 analizó, a partir de la «Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos» y del «nuevo humanismo» que promulgaba Camilo Torres Restrepo, los aspectos históricos, económicos, políticos y sociológicos de la crisis social colombiana. Desde entonces volvió su mirada a sí mismo para preguntarse por su procedencia y su destino, lo que hizo de la familia el tema central de esa nueva etapa de trabajos como La familia colombiana, una estructura en crisis y La universalidad científica en la familia colombiana de 2001.

Por su producción, fue distinguido como Jurista Emérito del Colegio de Abogados de Bogotá, «Primer Investigador en Colombia» y «Maestro de Maestros» por parte de la Universidad Nacional de Colombia, entre otras menciones. En el año 2000 la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia le otorgó el Premio al Mérito Científico en la categoría Vida y Obra, y publicó el libro de memorias «Eduardo Umaña Luna, un hombre, una vida, un país», al cuidado del periodista Fernando Garavito.

Docencia sin dogmas
Siempre ejerció su carrera como profesor universitario sin dogmatismos y abierto a la confrontación, fiel a las características con las que se definió a sí mismo: librepensador, agnóstico y materialista de izquierda. Poco a poco reemplazó su trabajo como abogado por las clases en las universidades Nacional de Colombia, Libre y Externado. En la primera, fue cofundador de la Facultad de Sociología con Orlando Fals Borda y Camilo Torres Restrepo, colegas y amigos a quienes rinde una profunda admiración. En la práctica profesional se había concentrado en la defensa de presos políticos en consejos verbales de guerra y en causas que no le brindaban mayor lucro. «Si el derecho le sirve a gente que necesita ayuda, en cualquier sentido, se encuentra una bella disciplina», señala.

Además, durante los ocho años que se desempeñó como fiscal de un juzgado superior de Bogotá, conoció comportamientos criminales que le revelaron complejas facetas de la psicología humana. Todo ello agregaba más motivos a sus reflexiones sobre el derecho, así como aumentaba el escepticismo hacia el ejercicio de una profesión que hoy ve como «un instrumento de dominación del grupo político que tenga el poder».

Sus disertaciones magistrales sobre Derechos Humanos y el papel de la universidad pública como centro de debate y de culto a la vida, han dejado una marca indeleble en la academia colombiana. «La actividad social de la gente de la universidad debe ser total y radicalmente ajena a toda actitud de conformismos con la injusticia social, la desigualdad económica y la opresión intelectual», afirma en un texto para su cátedra de Introducción al Derecho y a la Ciencia Política, que dicta a los estudiantes de primeros semestres en la Universidad Nacional de Colombia.

Alejado del «ruido y de la farsa social» transcurrieronn sus días en el estudio, rodeado de innumerables libros de derecho, sociología, historia, psicología y literatura. «Fui un niño solitario, fui un joven solitario, fui un adulto solitario, soy un viejo solitario», dijo siempre este lúcido humanista, abierto a la conversación amigable y en quien vida y obra se han conjugado en una única experiencia.  

Editorial

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Que murió Pedro Antonio Marín, informó el gobierno a través de un alto mando del Ministerio de Defensa; que fue muerto «Manuel Marulanda» dijeron oficialmente; que es definitivo: «Tirofijo» ya no vive...Que no pueden precisar si falleció de muerte natural o a causa de algún bombardeo, dicen los generales. Para quienes somos simples observadores, sólo es una muerte más de las muchas que los medios han publicado desde siempre sobre «Tirofijo». Si no, leamos a Arturo Alape y nos daremos cuenta, cuantas veces han matado a este señor.

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Evaluación docente sinónimo de sanción

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El poder de la palabra para enseñar a reconciliarnos

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El poder reconciliador de la palabra es un saber ancestral de las culturas indígenas que gana vigencia en nuestros días. La resolución de conflictos con base en la negociación y el respeto por la palabra, es una tradición que ha trascendido a décadas de conflicto interno en el país.De ese saber los «arijunas» (hombres blancos) deben aprender. Con esta filosofía, más de 20 palabreros o «puchitpus» wayúus de la alta, media y baja Guajira, así como de Venezuela se reunieron recientemente en la ciudad guajira de Uribia, con el fin de decirle a la sociedad colombiana que sí se puede construir un futuro en paz

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Congreso y no Gobierno en concurrencia en universidades públicas Corte Constitucional: inexequible artículo 38 del Plan de Desarrollo

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El pasado 21 de mayo, la Corte Constitucional, a través de la Sentencia C-507 de 2008, decidió declarar inexequible el artículo 38 de la Ley del Plan de Desarrollo, que dejaba en manos del Ejecutivo la concurrencia de la Nación y las universidades estatales en el saneamiento del pasivo pensional

Para el profesor Félix Hoyos, director del Departamento de Derecho de la UN en Bogotá, la sentencia de la Corte, cuyo contenido se hará público en próximos días, declaró inexequible «la pretensión del artículo 38 de la ley del plan de desplazar al Presidente de la República la competencia de regular unos aspectos que la Corte consideró que solo el Legislativo podía hacer», es decir, «la conclusión más relevante es que ya no habrá decreto reglamentario» para determinar la concurrencia.

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